Adiós, Gorda

-¿Aló? No te escucho bien. Estoy con el manos libres. Estoy manejando, voy en camino.

-Entonces acá conversamos.-dijo la veterinaria.

En ese momento lo supe. Por supuesto, no tenía certeza absoluta, pero me habían llamado media hora antes desde la clínica veterinaria avisándome que la Gorda había entrado de nuevo en una crisis respiratoria y no sabían si iban a poder sacarla.

Estacioné, entré y me fui directo al mesón, pasando por delante de todo el mundo que estaba esperando. Me hicieron pasar y conversé un par de minutos con la veterinaria. Traté de poner atención a todo lo que me dijo. Le pregunté si podía verla. La trajo envuelta en una manta amarilla. Me quedé de pie, solo, haciéndole cariño. Mis hermanos estaban en camino, así que salí un rato a tomar aire.

BabidiBabidi fue su nombre oficial, que sugirió un lector, en esta entrada de hace nueve años: Necesito un nombre.

Fueron 9 años llenos de triunfos y fracasos. Nunca nadie la llamó por su nombre (salvo en las clínicas veterinarias), sino por alguno de sus apodos. El más común, Gordita Hermosa The Only One. La Gorda fue mi compañera de aventuras -y sobre todo de desventuras- por casi una década.

En este momento ignoramos el diagnóstico definitivo. Al menos para mí, ya no es demasiado importante. Sólo sé que todas las opciones posibles de un cuadro tan agudo y violento significaban esencialmente lo mismo: le llegó la hora. La última vez que la vi fue en el canil de la clínica, y con esfuerzo movió la cabeza para que le hiciera cariño a través de la reja.

Gordita, fuiste mi cable a tierra muchas veces. No importa lo que hiciera, con quien estuviera o dónde, siempre tenia que volver a casa para cuidarte. Porque el hogar es donde está la Gorda, esperando por sus latitas de atún, para dormir conmigo en la cama, con la cabeza en la misma almohada. Esa época en la que sólo éramos tú y yo. Todas las personas que te conocieron fueron especiales para mí de alguna forma. Estoy tan acostumbrado a tu presencia que incluso hoy mismo, miré de reojo para ver donde estabas. ¿Debajo del sillón? ¿Durmiendo sobre la cama? ¿Dejando pelos en alguna de las sillas del comedor?

Mientras escribo esto aún no sé como le voy a decir a mi hija que la gata está muerta. Decirle que ese ser rechoncho y peludo que aguantaba con infinita paciencia los manoteos, tirones de pelo y empujones de la pequeña humana ya no está. No, no está muerta de juego, como cuando me dices “Papá, me morí” y sacas la lengua, esperando que te haga cosquillas para volverte a la vida. No, hija, la Gorda está muerta de verdad, y lo que queda es mejor que no lo veas. Te olvidarás pronto de ella, y quizás eso sea lo mejor.

Encontramos un lugar secreto para enterrar el cuerpo. Un lugar tranquilo, en la naturaleza. Siento alivio de saber que ya no está sufriendo, porque los últimos diez días de su vida fueron terribles, sin comer y sin beber, ingiriendo líquido y medicamentos a la fuerza. Lo último que comió fue atún que le dio mi hermano, el mismo día que hubo que llevarla de urgencia por segunda vez en una semana. Ya no volvería a salir de la clínica, y pasaría la mayor parte del tiempo encerrada en una caja de oxigenación.

Por supuesto, sé que no estás en un lugar mejor, simplemente porque no estás. Aún así te escribo, gorda. Sé que a la mayoría de las personas le parecerá absurda tanta pena por un gato. Y es que al final del día, eras solo eso. Un gato.

Ragnar -el gato malo- maúlla de cuando en cuando, y recorre el departamento de arriba abajo. Tengo la impresión que la busca. Más temprano que tarde nos acostumbraremos a que no esté. Pero no creo que yo llegue a olvidarla. (A menos que el Alzheimer se coma mis neuronas).

Porque eras mi gata, y yo tu humano.

Mi familia también está de luto. Me acompañaron todo lo que pudieron en las 8 veces que fui a la clínica. Pagaron parte de los gastos médicos. Buscamos juntos el lugar para enterrarla. Nos despedimos del primer kitten de la familia (después vendrían Padme, Fourier, Ragnar y Doula).

Aunque sé que mi pesar no es más que química cerebral, y receptores neuronales, algo en mi cabeza me dice que se murió un pedacito de quien era yo, de la persona que ustedes conocían. Quizás es un punto final a todas las cosas malas que me han pasado en los últimos meses. O quizás no es más que un suceso aleatorio más en un universo caótico. Porque nadie pertenece a ningún lugar, nadie existe con un propósito y todos vamos a morir.

Adiós gordita. Te extrañaré.

Porque eras mi gata, y yo tu humano.

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