Los granjeros son los vencedores, no nosotros

Once de la noche. Fui al departamento de mi hermano para resolver un problema de trabajo. Como casi siempre hacemos en estos casos, salimos a caminar para tratar de masticar la situación, pensar un poco y llegar a alguna solución. Como decía Nietzche, “los mejores pensamientos son los pensamientos caminados“.

Un par de cuadras más alla, por la vereda del frente, vimos pasar un tipo corriendo y, bastante más atrás y con una enorme mochila, alguien persiguiéndolo y gritando que lo detuvieran.

-Vamos-le dije a mi hermano. En los tres segundos que demoré en amarrarme el pelo, mi hermano ya había corrido cinco metros. Gritamos. Lo perseguimos como perros de presa persiguiendo un conejo. Lo atrapamos.

Cualquiera puede imaginar cómo funciona una detención ciudadana. Esencialmente, se trata de reducir al delincuente (no voy a decir “presunto” o “imputado” en este caso) usando la mayor cantidad posible de golpes y agregando tanta variedad de insultos como permita la imaginación (que en mi caso debo decir que es bastante). Dicho de otro modo, le sacamos la cresta en Modo Batalla. Si me conocen en persona, o a mi hermano, podrán tener una idea de lo que eso significa, sin considerar que el dueño del teléfono estaba poniendo de su parte también.

-No me peguen, yo no fui, fue mi amigo, yo no fui, no me peguen por favor, no me peguen por favor…

Tuve que hacer un esfuerzo considerable para conseguir poner al tipo boca abajo, en el suelo, con las manos en la espalda. El hombre de la mochila lo registró. No encontró el teléfono que le habían robado. Sí otro teléfono viejo, y un cuchillo. En estricto rigor, era un cuchillo pequeño, con una hoja curva de unos 8 centímetros de largo.

-Tengo 16 años, mañana voy al colegio, por favor no me sigan pegando.

Llamé a los pacos. Por supuesto, la línea estaba ocupada. El nochero de una automotora miraba la escena desde detrás de la reja. Le pedí que llamara. Durante los siguientes minutos, las cosas no mejoraron.

Entiendo que cualquier persona a la que le hayan robado tenga ganas de partirle el cráneo al ladrón. Y que otras personas traten de descargar su ira por todo lo que está mal en el mundo contra el pobre imbécil. Pero una cosa es que lo entienda y otra que esté de acuerdo. Porque no lo estoy.  Me costó impedir que le siguieran pegando. Tuve que tomar el control de la situación, siendo yo quien lo sujetaba en el piso, impidiendo que se moviera. Tuve incluso que decir, en voz alta, que “no voy a torturar a nadie por un teléfono“. Porque hay un límite a la cantidad de golpes que puedes darle a un ser humano porque te robó algo. Alguien dirá que ese límite es siempre cero. Yo creo que es más que cero pero no tiende a infinito.

-¿Y si le cortamos la cara y lo soltamos?
-Mejor le cortamos una oreja.
-No- dije.- Una oreja me parece mucho por un teléfono. Un pedazo de oreja.
-No, por favor, no me hagan nada. Por favor no me hagan nada, no sé por qué lo hice, por favor no me hagan nada.

Al mismo tiempo, traté de dejarle claro que su historia no me interesaba, que no iba a dejar que le siguieran pegando pero tampoco iba a soltarlo hasta que llegaran los pacos, por muy arrepentido que estuviese. Mucho menos si no decía donde había tirado el teléfono. Que se callara y esperara, porque cualquier cosa que dijera o hiciera empeoraría su situación. A diferencia de los otros que se fueron sumando, no le pregunté por qué robaba o por qué no buscaba trabajo. Tampoco lo insulté porque estaba llorando ni por ser estúpido como para que lo atraparan. (Sí debo reconocer que le dije si pasaba la noche en el calabozo quizás le tocaran la cueca, IYKWIM).

-Por favor, mi mamá no tiene para pagar el arriendo, hoy día no almorcé.

No creo en que las golpizas sirvan como escarmiento en casos como este. Sólo son un incentivo a ser más astutos, elegir víctimas más indefensas y saber que -en caso de sentirse acorralados- cualquier cosa es mejor que dejar que te atrapen. Pero no estaba en situación de recordar eso a los se sumaron a la acción, con sus propias opiniones e historias. Y golpes, claro. (Mi hermano me confesó, más tarde, que se había sobrepasado un poco y que “de haber estado en una guerra, habría sido realmente un perro“).

– A mi me han asaltados dos veces, me dejaron en pelota
– A estos hay que sacarles la cresta para que aprendan.

Los pacos no llegaban. Los minutos pasaban.

-¿Acaso no tienes hermanos chicos? -lloraba el ladrón ¿Te gustaría que le pegaran como ustedes me están pegando?
-“Sí tengo”-pensé. “¿Cómo te explico que mi hermano chico es el que acaba de romperte la cara y que lo único que impide que siga haciéndolo soy yo?”

Pasó un buen rato más. Ocurrieron dos cosas: la primera, es que me di cuenta que un par de colombianos que se habían acercado a mirar se llevaron las zapatillas del ladrón. El  dueño del teléfono se las había sacado para que no escapara. Los negros se acercaron, hicieron algunos comentarios y se llevaron las zapatillas, que estaban tiradas. Cuando vi que estaban alejándose, casi llegando a la esquina, fui a buscarlos. Porque el cabro puede haber sido un ladrón, un cogotero, un delincuente reculiao pero ¿robarle los zapatos? ¿Hueon, en serio? No pillé a los hijos de puta. Dos negros escapando de noche en un lugar poco iluminado. ¿Qué tan basura tienes que ser como persona para robarle los zapatos a un tipo que lo acaban de moler a patadas? ¿Que tan inmundo y vil puedes ser para beneficiarte de manera tan miserable?

Lo segundo, es que cuando traté de encontrar al par de ladrones, habían conseguido, con una nueva dosis de golpes y amenazas, que confesara dónde había tirado el teléfono. Había mentido todo el tiempo. Me sentí como Walter White al descubrir que Krazy-8 había guardado un trozo del plato quebrado. Quizás alguna parte su historia era cierta, quizás si robaba por necesidad, quizás si era el único par de zapatos que tenía. Quizás si había pasado todo el día sin comer, quizás era realmente la primera vez que asaltaba a alguien. Pero había mentido. Me sentí asqueado de la situación.

Todavía sin señales de la policía, y con el teléfono de vuelta, el dueño del teléfono estaba feliz. Nos dio las gracias mil veces. Que había estado corriendo varias cuadras y nadie hizo nada por ayudarlo, excepto nosotros. Sólo cuando el ladrón estaba en el suelo, indefenso como un cordero, se sumó más gente.

Nos fuimos. No sé si la policía se dignó a aparecer. Si es que tuvo suerte, el ladrón tuvo que caminar a su casa descalzo, con la cara hinchada, con la autoestima por el suelo y su dignidad hecha pedazos. Si no tuvo suerte, en lugar de llegar a su casa, terminó en un calabozo. Si de verdad era menor de edad, quizás el SENAME intervenga, algo que no creo que sea ideal en modo alguno. Espero que no se convierta en Cisarro.

Manejé de vuelta a casa con una sensación amarga. Creo que hice lo correcto en todo momento siguiendo mi código moral. Actué cuando nadie más lo hizo. Usé la violencia que consideré necesaria, ni más ni menos. Evité que otros se sobrepasaran. Pero no puede evitar que al hijo de puta le robaran los zapatos, y por algún motivo, siento que fue un acto más cobarde y humillante que el primer robo que originó toda la situación. No pude evitar eso.

El diálogo final de Seven Samurais.

“Hemos perdido, de nuevo. Los granjeros son los vencedores. No nosotros”.

Creo explica cómo me siento.

Resultado de imagen de 7 samurais kurosawa