El tabaco no es tan malo como parece

Dejar de fumar es fácil. Yo ya lo dejé unas cien veces.

Mark Twain

Mi padre fuma desde que puedo recordar. Hace muchos años fumaba Barclay, después se pasó a los Lucky Strike. En una época donde el dinero escaseaba (más bien éramos pobres como ratas inmigrantes), fumaba Belmont, de los rojos. Después volvió a los Lucky’s. Mi madre fumó en algún momento, Advance si no me equivoco.

Mi primer cigarrillo fue a los trece años. Como mi viejo me mandaba siempre a comprarle cigarros al minimarket que estaba a un par de cuadras, no era raro que pudiese comprarlos para mí sin que en el almacén me miraran raro. Además no había leyes que impidieran que un menor de edad comprara tabaco, y si  existían a nadie le importaba. Era una cajetilla de 10. Lucky Strike. Fumé el primero y segundo en mi pieza, al lado de la ventana abierta. Guardé el resto y quedaron para algunos ratos después del colegio, cuando algunos pasábamos a una plaza cercana a hacernos los grandes, como todos los cabros chicos. En toda la enseñanza media, en cambio, estuve limpio. Me pregunto qué porcentaje de los fumadores prueban su primer cigarro antes de los 18 años. Apostaría que la mayoría.

Sólo empecé a fumar “en serio” cuando llegué a la universidad. Los profesores de la Escuela dicen que los cigarrillos y el café son vicios típicos de periodistas, pero me parecen vicios de cualquier universitario. Empecé a fumar un poco para acompañar las cervezas en el pasto, después en los recreos y antes de las pruebas, y pronto se volvió un hábito. Fumaba Viceroy Light. A veces una compañera de otro curso vendía Camel sin filtro muy baratos, traídos en pequeñas cantidades desde la zona franca de Punta Arenas. Pasábamos horas y horas en el casino, jugando Dudo, tomando café o cerveza, y fumando, claro.

Fumar llegó a ser una necesidad para mí, y en algún momento toqué la temida barrera de fumar una cajetilla de veinte al día. En un carrete, esa misma cantidad me duraba unas tres o cuatro horas. Era de los que despertaba en la mañana y encendía un cigarrillo, y fumaba otro en el camino hasta el paradero de la micro. De los que miraba para todos lados en un restaurante para ver si no había un cartel de zona de no fumadores.

Fumaba tanto que mi voz era bastante más ronca que ahora. Me gustaba el sonido al encender un fósforo y el del papel al quemarse. Me gustaba mirar las volutas de humo desvanecerse en el aire y tomar el cigarro de diferentes maneras según mi estado de ánimo. Me gustaba escuchar música y fumar mirando el horizonte. Cuando estaba enojado, nervioso o triste, encendía uno, y, por dios, que delicioso se sentía.

Eso duró algún tiempo hasta que dejé de fumar. Lo dejé. Así de simple. Sé que hay personas que pasan meses o años intentando dejar de fumar, que prueban la hipnosis, parches de nicotina, chicles mágicos, meditación, deporte, programación neurolinguística, acupuntura o cabezazos contra la pared, sin éxito. En cambio, yo simplemente dejé de fumar.

Después de eso, a veces me fumaba un cigarro, en un bar, o acompañando una cerveza, y eso era todo. Toleraba bastante bien el humo ajeno. Podía estar en un ambiente saturado de fumadores sin ningún problema. Sí, conocía bastante bien el problema del fumador pasivo (uy), pero no me parecía algo incómodo de soportar. Eso cambió de a poco, en la medida que mi capacidad para percibir olores aumentaba. Lo que hizo una diferencia en mi percepción de las cosas fue el olor del humo pegado a la ropa y al pelo. O sea, bañarme y ponerme ropa limpia ¿para volver tres horas después con un olor asqueroso pegado al cuerpo, y obligado a meter toda la ropa en la lavadora? No, gracias.

Dejé de fumar en lo absoluto. Ya no puedo recordar cuando fue la última vez que lo hice. Ahora detesto el humo del cigarro y sentir ese olor pegado en la ropa y piel de los demás. Al único que tolero que fume cerca mío es a mi viejo. Soy un converso y, como tal, fanático hasta la médula.

Dejar de fumar

El cigarro no es tan dañino como parece

Hoy comenzó a regir la nueva Ley de Tabaco que prohíbe fumar al interior de lugares públicos cerrados. Me parece estupendo. Creo que la mayoría de los fumadores alegan sin tener ningún dato científico que los valide en su postura, es apenas un pataleo de cabro chico al que le prohíben algo que le hace mal y lloriquea.

Antes era un defensor de la industria del tabaco por dos motivos. El primero es que el tabaco crea puestos de trabajo y paga impuestos. En efecto, 70% del precio de cada cajetilla es carga impositiva. El segundo motivo tiene que ver con la libertad individual: siendo un adulto con voluntad y libre albedrío ¿quien es el Estado para impedirme hacer lo que se me antoje con mi cuerpo? Tal como el aborto o el consumo de marihuana, si quiero llenarme los pulmones de ceniza es mi maldito problema, ¿verdad?

Sí y no. Es mi problema solo si yo mismo fuese el encargado de solventar los costos asociados a mi mal hábito, en especial los gastos médicos. Porque a mí no me hace gracia que haya que financiar el tratamiento de cáncer de pulmón, garganta, boca o estómago a alguien que casi podríamos decir que se lo buscó y que hizo un esfuerzo consistente durante años para ganárselo. Entonces si hay que darles tratamiento médico a los fumadores, su hábito pasa a ser un asunto donde el resto sí tiene algo que decir. Dicho con otras palabras, si quieres fumar es asunto tuyo, pero no pidas que nadie financie tu tratamiento contra cualquier enfermedad que tenga que ver con tu decisión de fumar, ¿estamos?

Creo que queda claro el punto. El cigarrillo es un placer de vida muy corta y con consecuencias de largo plazo, pero no es ni por mucho el único factor que deteriora la calidad de vida de la población mientras alguien llena su cuenta corriente en algún paraíso fiscal gracias a eso. Prohibamos, por lo tanto, cualquier cosa que tenga un impacto negativo en la salud pública: las bebidas, los dulces, las sillas demasiado cómodas, los ascensores, la sal… ¿Donde está la linea entre poder hacer o no lo que se nos antoje? No creo que todo se sostenga bajo la débil premisa de “mi libertad termina donde empieza la tuya”, o sí? El cigarro no es tan malo si lo comparamos con otras cosas.

¿Qué pasa con la comida chatarra? ¿Con las bebidas? Si medimos el impacto de estos dos elementos en la salud de la población, es evidente que son mucho peores que el cigarrillo. Tienen, por supuesto, la “ventaja” que su consumo no molesta al resto, pero en términos de salud pública son aún peores: los niños empiezan a tomar Coca Cola a los tres años de edad y ese es un hábito que mantendrán durante toda su vida. El listado de enfermedades relacionadas a la mala alimentación es tan extensa como la relacionada al tabaquismo. ¿Debemos excomulgar también la comida chatarra y las gaseosas? ¿Aplicar restricciones en las prestaciones de salud de las personas con sobrepeso? Porque nadie te obligó a comer como un maldito cerdo miles de completos, hamburguesas, pizzas y pan con palta, ¿verdad? Nadie te amarró a una silla para que no hicieras ejercicio. Nadie te obligó a estar gordo, así que ¿por qué tengo que financiar tu tratamiento médico? ¿Tienes caries? Bueno, es pasa por comer muchos dulces y no lavarse los dientes, olvídate de que vamos a costear tu tratamiento dental.

No tengo problema en reconocer que me parece que seguir ese camino es una ruta segura hacia el fascismo. No veo una solución más razonable, de todos modos, y sabemos que la democracia es solo el peor sistema que existe, a excepción de todos los demás.

Escrito por Boolture

2 Comentarios en “El tabaco no es tan malo como parece

  1. Soraya Responder

    Marzo 3, 2013 at 5:33

    Y qué pasa con el consumo de alcohol???…Debemos financiar los daños que produce al organismo y a la mente humana???…

  2. Paola Responder

    Marzo 5, 2013 at 9:20

    El tabaco no es tan malo al parecer, si consideras que a una embarazada le prohiben el alcohol, la cafeína y en menor grado el tabaco según orden decreciente de efectos nocivos que tienen para el feto.

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