Entrevista a Jaime Guzmán

Encontré esta vieja entrevista (es del 10 de marzo de 1991) hace unos días, reflotada por las peticiones de la UDI al gobierno cubano de colaborar con el juicio a los responsables de la muerte de Jaime Guzmán. Creo que pocas personas fuera de la misma UDI reconocen la importancia fundamental de Guzmán en el mundo político actual. No porque le hable desde el más allá a Pablo Longueira, sino por su papel en la creación del sistema político actual, ese que nos ha dado las maravillas de la estabilidad y que es casi imposible cambiar.

Hay que leer esta entrevista, que para mí es fundamental para entender elementos de fondo de la ideología de la derecha ultraconservadora, dejando de lado las emociones. Las personas de izquierda podrían sentirse atropelladas por las palabras de Guzmán, pero creo que es un sano ejercicio relacionado con la tolerancia, la libertad de expresión y el debate sobre la necesidad – o no- de una nueva constitución para Chile. No modificaré el texto ni haré comentarios hasta el final, para que su lectura no se vea interrumpida por mis apreciaciones personales.

Jaime Guzman

Informe Rettig. Jaime Guzmán, La otra visión.

  • “Acepto presumir que los hechos corresponden a la verdad, pero el análisis histórico es pretencioso, superficial y distorsionador”
  • ‘La principal responsabilidad en la violación de los derechos humanos, al menos en la primera etapa del Gobierno militar es de los máximos dirigentes de la Unidad Popular, mas que de los uniformados que las cometieron”.
  • ”Uno de mis principales aportes al Gobierno anterior fue haber contribuido a la disolución de la DINA”.
  • “El oficio del Presidente Aylwin a la Corte Suprema es una presión indebida, lindante en lo inconstitucional”.

¿Cuál fue su sentimiento íntimo frente a lo que relata la Comisión? ¿De horror? ¿De vergüenza?

De interés, al conocer en forma más detallada y pormenorizada, ciertos hechos cuya línea gruesa el país conocía perfectamente desde hacía muchos años y que incluso fueron objeto de amplios debates en la últimas campañas electorales.

¿Imaginó que tenían la magnitud que concluye el informe Rettig?

Pensaba que tenían la magnitud que hoy se ha conocido y que dista mucho de las cifras estratosféricas difundidas por la ex Unidad Popular en el exterior que hablaban de 20 o 30 mil muertos. Si bien una sola vida humana no tiene precio, hay una diferencia cualitativa entre la cantidad real y las exageraciones que se cometieron durante años.

¿No le impactó la descripción de las vejaciones que sufrieron las víctimas?

Naturalmente que el detalle de ciertas actitudes de especial crueldad siempre impacta. Pero aún suponiendo que no haya exageración en ello, creo que lo central hay que buscarlo en los factores que permitan formarse un juicio ético y político. Pienso que el análisis racional debe prevalecer por sobre la explotación emocional de hechos semejantes.

¿Qué sentimiento le provocó el perdón que pidió el Presidente con la voz quebrada?

Creo que fue una actitud muy sincera de su parte, que demuestra una voluntad íntima suya de asumir este problema como algo de responsabilidad muy personal.

¿Acoge o no su llamado a que lo que señala el informe sea una verdad compartida por todos?

En lo que se refiere a la materialidad de los hechos investigados por la Comisión, acepto presumir que son los que corresponden a la verdad mientras no hayan otros antecedentes que los refuten. En lo que se refiere al marco histórico interpretativo de esos hechos, el informe no me parece válido, sino por el contrario creo que esa interpretación histórica es pretenciosa y superficial. Además procura atenuar las responsabilidades del Gobierno de la Unidad Popular como principalísimo causante de la situación de guerra civil a la cual fuimos arrastrados. De la violencia a la violación de los DD.HH.

Una cosa es la responsabilidad en el clima de violencia y enfrentamiento que han asumido incluso los ex dirigentes de la Unidad Popular, pero otra es la de la violación a los derechos humanos, donde la responsabilidad es de quienes las cometieron.

Es exactamente el error de enfoque que yo no puedo compartir ni aceptar. Lo que hubo en Chile no fue meramente la destrucción de un régimen democrático. En Chile hubo una planificación deliberada de una guerra civil con un verdadero ejército irregular – como lo llamó textualmente el Presidente Frei – formado por miles de extremistas extranjeros ingresados ilegalmente con abundante armamento introducido en forma clandestina que era utilizado para el adiestramiento guerrillero, en lugares a los que ni siquiera tenían acceso las Fuerzas Armadas ni Carabineros. Todo esto lo dice Frei en una verdad que todos conocimos en su tiempo, que curiosamente el Informe Rettig, tan minucioso para buscar la verdad en otros planos, atenúa de manera incomprensible y distorsionadora.

¿Dónde estima que distorsiona la verdad?

En que trata de presentar la violencia política como algo similar en sectores que denomina de izquierda y de derecha, lo cual es simplemente ridículo. Además soslaya que el objetivo de la Unidad Popular era implantar en Chile un régimen totalitario marxista-leninista, con todo el drama que implicaba en esa época, donde dicho sistema se postulaba y aparecía irreversible. Ese era el objetivo último de la Unidad Popular y los partidos que la componían sólo diferían en la táctica para lograrlo, como también lo precisa Frei.

¿Lo que Ud. quiere decir es que esa situación justifica las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron después?

De ninguna manera. No hay ninguna violación a los derechos humanos que sea justificable. Lo que afirmo es que la responsabilidad principal del grueso de las violaciones a los derechos humanos ocurridas en la etapa posterior al 11 de septiembre del 73 corresponde a quienes desataron la situación de guerra civil, más que a aquellos militares que cometieron esos actos como parte de la difícil tarea de conjurar la guerra civil.

¿A su juicio entonces los responsables no son los que hicieron desaparecer gente, torturaron o ejecutaron como lo indica el resultado de lo que investigó la Comisión?

No estoy señalando que esos uniformados que hayan transgredido los derechos humanos no tengan responsabilidad en los hechos. Lo que estoy señalando es que los máximos dirigentes de la Unidad Popular tienen una responsabilidad todavía mucho mayor en los dolores que sufrieron sus seguidores, como resultado del cuadro de guerra civil al cual los arrastraron.

Con esa afirmación ¿quiere decir que el clima que se vivió en la Unidad Popular hacía inevitable la situación posterior de violaciones a los derechos humanos?

Lo ocurrido entre 1973 y 1974 fue en gran medida inevitable, lo que no implica que sea justificable. El pueblo de Chile llamó a instituciones entrenadas para la guerra a fin de que asumieran el gobierno en un cuadro de guerra interna. Nadie podía dejar de prever lo que eso implicaba. De ahí la responsabilidad gravísima de quienes nos arrastraron a que el pueblo no tuviera otra alternativa que exigir esa intervención militar, aún a sabiendas de que ella iba a ser cruenta.

¿Ud. cree que podrían volver a ocurrir situaciones semejantes?

Eso es precisamente lo que quiero prevenir. Si Chile volviera a ser arrastrado a un cuadro de guerra civil, lo probable es que se registrarían hechos parecidos, porque la historia demuestra que en ambientes de guerra o en climas bélicos, no se respetan integralmente ni siquiera las normas establecidas para humanizar la guerra. Eso ocurre aún más agudamente en los enfrentamientos fratricidas. Por eso el “nunca más” a las violaciones a los derechos humanos debe tener como principal destinatario a quienes por una deliberada opción política nos arrastraron al cuadro de guerra civil. De ahí lo esencial que “nunca más” haya Unidad Popular ni nada semejante.

Tiempos de guerra

Usted insiste en que hubo una situación de guerra, pero lo concreto es que los resultados del informe indican que la mayoría de los casos no ocurrieron al calor de ningún enfrentamiento. ¿Ello no desmiente su interpretación histórica?

No hay peor calor de guerra que el odio sembrado en los corazones de un pueblo al que se le divide con fines fratricidas. Cuando un país siente estar en guerra, ello no sólo se expresa en los enfrentamientos propiamente tales, sino en toda la acción que se desarrolla para procurar destruir la capacidad ulterior de reacción del otro bando. Eso es lo que explica que el clima de guerra se haya extendido durante el período que va entre fines del 73 y el año 74, época en que se registran más de dos tercios del total de las víctimas.

Pero las Fuerzas Armadas tomaron el control del país en los primeros días, ¿cómo puede invocar entonces que la guerra seguía?

Lo que ocurre es que como en toda guerra, las Fuerzas Armadas no sólo tenían que asegurar el control del país, sino también tener la certeza de que la fuerza paramilitar con que la Unidad Popular había amenazado y planificado la guerra civil, estaba definitivamente desarticulada. No desconozco que en esta tarea se cometieron excesos que moralmente condeno, pero las Fuerzas Armadas actuaron en respuesta a una agresión. No fueron ellas las agresoras.

¿Considera que la desarticulación del extremismo había que hacerla aún cuando el precio fuera la transgresión a los más básicos derechos humanos?

No a cualquier precio. Sin embargo, quisiera hacer una reflexión que creo que cada chileno debiera meditar. El surgimiento de Sendero Luminoso ha cobrado ya 20 mil víctimas en Perú, lo cual implica violaciones a los derechos humanos acontecidas en plena democracia, que resultan muy superiores a las registradas en Chile durante el Gobierno militar. ¿No es acaso evidente que aquellos gobiernos peruanos, que con su actitud débil o ineficaz han permitido esa realidad, son responsables de violar por omisión los derechos humanos en una medida muy superior a la que se le imputa en Chile al gobierno anterior?

Lo que se le imputa al gobierno anterior es que las violaciones las cometieron sus propios agentes. ¿Para Ud. esa responsabilidad es igual a la que le cabe en evitar la acción terrorista que la realizan particulares?

Son dos responsabilidades de similar importancia. El Estado tiene un deber simultáneo de evitar que sus agentes violen los derechos humanos y de evitar que los terroristas violen los derechos humanos. Ese desafío doble e indisoluble exige caminar por un estrecho desfiladero que es la eficacia en la lucha antiterrorista, pero dentro de parámetros éticos y legales. Lo que se suele silenciar es que, si a pretexto de evitar que los agentes del Estado violen los derechos humanos, se permite que crezca la violencia terrorista – que implica una violación también gravísima de los derechos humanos – el Estado se hace cómplice de esas violaciones por omisión. Este ángulo no lo veo suficientemente desarrollado en el estudio de la Comisión Rettig.

¿Y la DINA? 

El informe sindica a la DINA, que fue el organismo que combatió la subversión, como la principal responsable de los hechos que investigó, acusándola prácticamente de realizar una política de exterminio en contra de dirigentes y militantes de izquierda.

¿Comparte ese juicio?

Con la misma claridad con que afirmo que las transgresiones a los derechos humanos ocurridas entre 1973 y 1974 son de responsabilidad principal de la Unidad Popular, creo que las sucedidas en el período que va entre 1975 y 1977 son de responsabilidad principal de la DINA. Adquirí esa convicción moral en esa misma época, porque a diferencia de muchos que hoy vociferan en este tema, yo me inquieté prioritariamente por los derechos humanos desde el mismo 11 de septiembre de 1973.

La DINA dependía directamente del Presidente Pinochet. ¿Diría que conocía sus acciones, las ignoraba o la dejaba actuar? ¿Qué responsabilidad tiene a su juicio en los hechos que protagonizó la DINA?

Me es difícil saber hasta que grado de detalle conocía el general Pinochet respecto de las actividades de la DINA. Pero estoy cierto, porque conozco su valía moral, de que no puede haber aprobado ni respaldado ninguna conducta inhumana, como algunas de las cuales se recogen en el informe. Desde un punto de vista político, creo que fue un error no haber disuelto la DINA a principios de 1975, en vez de hacerlo a mediados de 1977.

¿A qué lo atribuye?

Admito que no era fácil saber qué elementos debía desmontar el Presidente para lograr que la disolución de la DINA se diera en condiciones que no implicaran que grupos de ex DINA empezasen a actuar al margen del aparato institucional. Por eso, si cupiera adjudicarle al general Pinochet la responsabilidad por haberse demorado en disolver la DINA, también hay que atribuirle el mérito de haberla disuelto en forma adecuada.

Su colaboración

Si usted sabía de las actuaciones de la DINA ¿no pensó en algún momento que moralmente no debía colaborar con el régimen?

Lo reflexioné mucho, en conciencia y delante de Dios, pero siempre mi conclusión fue que mi deber moral era permanecer en el gobierno para colaborar en el proceso de normalización y de institucionalización que permitiera superar los excesos en materia de derechos humanos y contribuir a que el régimen culminara en una plena democracia, como en 1973 se lo propusieron las Fuerzas Armadas. Creo que el desenlace demuestra que no estuve equivocado.

¿No asume entonces ninguna responsabilidad en los hechos que se le imputan?

Nunca he eludido reconocer aquellas fallas que por acción u omisión haya cometido. Sin embargo, felizmente en el tema de los derechos humanos no encuentro en mi conducta nada reprochable, ni por acción ni por omisión. Incluso puedo afirmar que procuré mitigar o aliviar los dolores de aquellas personas que recurrieron a mí y que abarcaban la mayor variedad del espectro político de la Unidad Popular.

¿Qué hizo por ellos?

Fueron muchos los que recurrieron a mí y en todos los casos me esmeré por solucionar o aliviar su situación dentro del marco de lo posible. Lo logré en numerosas oportunidades gracias a lo cual conservo testimonios de cartas y de regalos realmente emocionantes. Tengo entre otros recuerdos conmovedores, diversas cruces que los detenidos hicieron en las cárceles como fruto de un proceso de depuración, de conversión y de ofrecimiento de los dolores que estaban viviendo.

¿Compartía su dolor aunque estimara que eran los responsables de lo que estaba ocurriendo en Chile?

Lo compartía profundamente y lo sigo compartiendo. El dolor de cualquier persona ha sido motivo de un requerimiento ineludible a mi conciencia moral y a mi sensibilidad, separándolo por entero del análisis político que uno haga sobre los orígenes o responsabilidades en el sufrimiento.

Su influencia y sus logros

Del informe se desprende que usted intentó influir en el gobierno en esta materia, pero que no habría obtenido resultados positivos importantes. ¿Qué hizo concretamente?

Es otro de los juicios que me parece injusto. Quienes nos preocupamos de la situación de los derechos humanos, logramos evitar dolores o desgracias personales específicas a lo cual atribuyo un valor marginal. Sin embargo, creo que fuimos determinantes para lograr que la DINA fuera progresivamente frenada por el Presidente Pinochet hasta disolverla.

¿Esa preocupación era sólo de colaboradores civiles?

No. Era de elementos civiles y militares que colaborábamos en el Gobierno, sin que hubiese una vinculación orgánica o institucional entre todos.

¿Afirmaría que tuvieron éxito?

Creo que lo tuvimos en gran medida, a diferencia de lo que sugiere la Comisión. Si nos remitimos a los más estadístico, creo que es elocuente que con posterioridad a la disolución de la DINA, el número de víctimas global es cuantitativamente diferente al que hubo en años anteriores. Sobresale en tal sentido el gabinete de Sergio Fernández en 1978, donde se llegó en esta materia a un nivel de normalización que se aproxima bastante a cualquier régimen democrático anterior en Chile o a gobiernos actuales de otros países del continente. Además ahí diseñamos el proceso de institucionalización que culminó exitosamente el 11 de marzo pasado.

La represión ¿política de Estado?

 Los datos del informe indican que la represión volvió en la década de los 80 con la acción de la CNI, lo que hace que se afirme incluso que la violación a los derechos humanos fue una política de Estado.

Si las violaciones a los derechos humanos hubieran sido una política de Estado, el proceso se habría ido agudizando sistemáticamente y crecientemente en el tiempo, lo cual ocurrió exactamente en forma contraria. Asimismo las víctimas habrían sido decenas de miles y no las dos mil que registra el informe. Y, por último, es evidente que el gobierno anterior no habría enfilado al país hacia una culminación democrática como efectivamente lo hizo. De ahí que me parece absurdo hablar de una política de Estado respecto de lo que fueron excesos en determinadas etapas y no progresivos, ni durante toda su gestión.

¿No hay una responsabilidad institucional en la conducta de los agentes del Estado?

Que haya faltado suficiente control en algunas etapas, particularmente en el período de la DINA, no implica que hubo una política deliberada del Estado que comprometa institucionalmente al gobierno de las Fuerzas Armadas.

Pero ellas ejercían el poder…

Claro. Pero hay que tener presente hechos como el ocurrido esta semana en que el joven Danilo Pinto, acusa de violación y asesinato a una menor en San Miguel, ha denunciado haber sido torturado por investigaciones en términos muy parecidos a los que se relatan en el Informe Rettig. Con la teoría de que un caso es igual que mil, que dos mil o que treinta mil, habría entonces que decir que el actual gobierno también ha empezado a ser responsable de la violación de los derechos humanos.

Hacer justicia

¿Y cuál es su juicio sobre las críticas que se le hacen al poder judicial en esta materia?

No debe olvidarse que en situaciones de excepción, el Poder Judicial actúa con facultades muy limitadas.

¿Fue independiente?

Si. Normalmente en los regímenes militares no existe un Poder Judicial independiente y los jueces son removidos en forma indiscriminada por las autoridades que asumen el poder, lo que en Chile no ocurrió en ni un solo caso. Aquí se hace gran caudal de que la judicatura no actuó en los términos propios de un régimen democrático, crítica que me parece enteramente absurda e irreal.

¿Comparte la posición del Presidente en cuanto lo que corresponde es que investigue aquellos casos que caen en la amnistía de 1978?

No comparto la posición del Presidente Aylwin en esta materia. Respetando su esfuerzo por abordar constructivamente el conjunto del tema de los derechos humanos, creo que su oficio a la Corte Suprema es una presión indebida sobre el Poder Judicial, lindante en lo inconstitucional.

¿Rechaza que deberían investigarse los casos y luego aplicarse la amnistía?

En mi opinión, la amnistía borra el delito y, en consecuencia, acreditado que el hecho punible se cometió en el período cubierto por la amnistía, no cabe investigación del culpable. No tiene sentido llevar adelante procesos penales que no pueden conducir a la sanción de los responsables. Ello no solo tiene una fundamentación estrictamente jurídica, sino además hay una razón moral muy profunda, por cuanto el objetivo central de la amnistía es propender a la paz social. Si bien la justicia legal o conmutativa es un elemento habitualmente inherente al bien común, hay situaciones de gran convulsión social en que se hace necesario prescindir de la aplicación integral de esa justicia, para garantizar el bien común a través de la pacificación de los espíritus.

Hay algunos que sostienen que la paz se puede lograr si se sabe a quién perdonar.

Eso me parece absurdo. La persona que quiere perdonar no necesita conocer el nombre del ofensor para realizar el acto del perdón. Quien después de muchos años sigue buscando el nombre de quién lo ofendió, obviamente no es para perdonarlo, sino que es para tener un destinatario preciso de su rencor o de su venganza. No sigamos con hipocresías.

Cómo reparar

¿No le parece justo que las familias quieran por lo menos intentar saber qué pasó con sus deudos o con sus restos?

Ello es algo completamente distinto. El derecho de toda persona a que se agoten los esfuerzos para encontrar los restos de sus deudos con el objeto de poder honrarlos y darles cristiana sepultura es algo que nada tiene que ver con la identificación de los culpables. Ese anhelo corresponde a un sentimiento humanitario respetabilísimo y creo que hay fórmulas de propender a ese objetivo que no requieren en absoluto de la investigación propia de un proceso penal.

¿Comparte entonces la propuesta del Presidente en cuanto a crear un organismo destinado a colaborar para establecer el paradero de los desaparecidos?

Comparto plenamente esa iniciativa, porque me parece que se inserta en una perspectiva humanitaria muy válida.

¿No piensa, como algunos, de que ello lo que logrará es no cerrar el capítulo de los derechos humanos?

Depende la forma en que se desenvuelva ese organismo. Si realmente lo que busca es el encuentro de aquellos restos que sea factible encontrar, pienso que se puede llegar a conseguirlo.

Reconciliación y perdón

Considerando los efectos que ha producido el resultado del Informe Rettig, ¿cree que finalmente se va a llegar a la reconciliación?

Tengo profundas dudas. Creo que la reconciliación entre las personas se produce habitualmente sobre la base de superar las causas que las han separado, y no hurgando en ellas.

¿Le parece legítimo esperar esa disposición al olvido de gente que ha sufrido tanto dolor estos años, que ya ha pagado el precio por sus responsabilidades y ven que no hay gestos de quienes ellos estiman no son responsables?

Todos los partidos políticos hemos hecho un claro gesto, sumando nuestra voluntad para afianzar los caminos de la paz y para acoger los proyectos de reparación moral y material a las víctimas y a sus deudos. No tengo ninguna duda de que todo cuanto se haga para mitigar el dolor de quienes han sufrido es un deber de conciencia respecto de toda persona o institución del país.

 ¿Hoy día diría que fue un error o un acierto la creación de la Comisión Rettig?

Yo valoro el trabajo que han desarrollado los miembros de la Comisión y el esfuerzo que han desplegado. Sin embargo, mantengo mis grandes dudas sobre si este esfuerzo va a traducirse en un instrumento de reconciliación o en eventual obstáculo para dicho objetivo. Eso queda abierto a la actitud con que los chilenos nos aproximemos a su contenido, respetando las legítimas diferencias de interpretación y de evaluación que subsisten incluso respecto de materias que el propio informe incluye.

Después de una lectura profunda y reflexiva, solo puedo decir una cosa: Bien muerto estás, maldito. Espero que haya otra vida después de esta sólo para que te quemes en el infierno.

2 thoughts on “Entrevista a Jaime Guzmán

  1. qué grandísimo hijo de puta. este wn fue mucho más siniestro que pinochet, que era solo un gran bruto. guzmán es el malo mesiánico, ese que de verdad cree que está haciendo lo correcto, que es maquiavélico y que se cree con la facultad de distinguir el bien y el mal y, en consecuencia, castigar. y lo peor de todo es que el wn era brillante.

  2. Es gracias a este hijo de cien mil putas que estamos como estamos. Isapres, AFPs, sistema binominal, quorum calificados,constitucion anti-democratica, leyes de amarre varias,etc. TODO se lo debemos a este maldito. Ojala arda por toda la eternidad en el infierno.

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