La hoja

El texto original es de Lepro. Esta es una versión modificada, una especie de cover. No pretendo que sea mejor ni peor que el original, solo distinto. 

La hoja

Art me había dicho muchas veces -sobre todo cuando estaba borracho- que existía solo un objeto en el mundo que le era desconocido, pese a su vasta experiencia y su inigualable ánimo para la aventura. Los viejos del pueblo hablaban de un supuesto artefacto secreto, vedado a los hombres, que no tenía forma ni paradero concretos, cuya existencia solo era perceptible a través de rumores y las leyendas antiguas. Art siempre hablaba de objetos mágicos y misteriosos, y doy fe que había encontrado algunos ejemplares extraordinarios por su rareza y manufactura, pero aunque se vendían a buen precio, nunca poseían las cualidades extraordinarias que según los textos o leyendas debieron poseer.

Nos aventuramos durante años, escapando él de la mala fama que tenía por la muerte -accidental según insistía- de un compañero de viajes, que quedó atrapado bajo toneladas de roca y barro, mientras Art salvaba la vida a duras penas y, según muchos, con un cofre lleno de valiosas joyas. Ambos habían descubierto el lugar siguiendo las instrucciones que encontraron en un viejo tomo comprado a un vendedor de incunables, y muchos decían que Art lo había dejado morir para no tener que compartir el botín. Yo lo acompañaba porque sentía el llamado de la aventura, y también porque después de terminar la escuela no encontré ningún trabajo que me gustara, mucho menos reparar zapatos como mi padre esperaba, para así hacerme cargo de la tienda que tenía cuando él fuera demasiado viejo para hacerlo. Las malas perspectivas fueron suficientes para embarcarme en un vapor sin más dinero que el imprescindible para el pasaje, y tuve la fortuna de encontrarme con Art, que abordó poco después. De algún modo tácito nos convertimos en amigos y compañeros de viaje.

Recorrimos continentes e islas, países y ciudades, selvas y desiertos. En cada rincón del planeta visitamos bibliotecas, tabernas oscuras, sociedades marginales y ancianos llenos de verborreicas mitologías y pocas evidencias. Encontramos algunos artefactos valiosos, incluso algunas joyas raras que hubiesen encantado a alguna duquesa. Sufrimos en carne propia a los implacables mosquitos amazónicos, escapamos apenas de una emboscada de piratas malayos y sufrimos atravesado el desierto australiano. Comimos alimentos repugnantes, siempre siguiendo el rastro de ese objeto raro y maravilloso del que habíamos escuchado.

Después de muchos meses de travesía poco a poco empecé a perder el deseo de seguir. A ratos me sorprendía pensando en volver a casa, vender a buen precio mi parte de las joyas y objetos que teníamos y establecerme con cierta comodidad que creía haberme ganado después de tantas penurias. Art, en cambio, estaba impulsado por un vigor al parecer inagotable y una obsesión ilimitada. Encontrar ese objeto misterioso era el motor de su existencia.

En algún rincón remoto y sudamericano, cercano a la cadena montañosa que cruza el continente de norte a sur, dimos con un dato fiable: el objeto en cuestión correspondía a una página lejana e insólita, arrancada del diario glorioso de algún general o figura importante de un antiguo ejército prodigioso. Consultar cada página disponible a la vista hubiese sido una tarea absurda e interminable. Tal vez demoraríamos generaciones en llevarla a cabo, sin siquiera tener certeza de que valiese la pena. Hablé con Art sobre la posibilidad de separarnos. No esperaba que él lo comprendiese y en algún momento temí que se enfureciera, pero apenas le dije lo que pasaba por mi mente, tomando ambos una botella de cognac barato, pareció cambiar de opinión. Me dijo que pensaba lo mismo, que estaba cansado y que si yo estaba de acuerdo, lo intentaríamos durante uno o dos meses más y luego cada uno sería libre de decidir qué hacer. El dolor que la incipiente artritis le causaba en las rodillas le hacía difícil enfrentar la idea de interminable caminatas futuras en caminos agrestes y desolados y la idea de descansar le era al parecer tan atractiva como a mí. Al día siguiente retomamos nuestra labor con ánimo renovado.

En un hotelucho en un pueblo remoto de Europa septentrional, nos esperaría lo peor. La segunda y definitiva clave de aquel misterio.

Un anciano ciego por las cataratas, nos aclaró que el artefacto en cuestión existía en efecto y que ningún hombre que él conociera lo había visto nunca. No sabía si era una página de un diario, ni siquiera cual era su antigüedad. Pero sus propiedades místicas estaban fuera de discusión, comparándolo incluso al diamante Hope o al Grial.

-¿Cómo es posible que nadie sepa donde está?- le preguntamos.
-Nadie ha visto la “hoja”, como la llaman ustedes – dijo.
-¿Acaso estará en algún idioma raro? o quizás sea tan solo un disparate- comenzó a especular Art, temeroso de haber pasado años persiguiendo un fantasma. El anciano lo detuvo.
-Nadie ha “visto” el artefacto, simplemente por que es una hoja invisible, traslúcida. Está escondida en algún rincón del orbe y nadie ha podido hallarla jamás.

Nos retiramos de aquel lugar, desconcertados y sin poder articular palabra alguna, demolida ya en forma definitiva nuestra motivación. Por mucho que buscáramos, jamás podríamos encontrar una hoja invisible escondida en el planeta. Compramos pasajes en un barco de vapor para volver. Cuando desperté ese día, descubrí que Art se había marchado, dejando en mi habitación un morral repleto de piezas de oro, joyas y algunas reliquias pequeñas pero de gran valor. No dejó ninguna nota ni aviso. En el hotel no pudieron darme ningún dato, salvo que Art había salido antes del amanecer y que había pagado la estadía de ambos.

Supuse que había enloquecido un poco, incapaz de rendirse en su empeño de encontrar la Hoja, recorriendo el mundo buscando alguna pista. Yo me desentendí para siempre del misterio, imposible de resolver por lo demás, y al volver me dediqué a administrar un negocio de antigüedades en las afueras de mi ciudad natal. Encontré a poco de llegar una muchacha de mi agrado y la tomé por esposa después de conquistarla a ella y a su padre, que se hizo mucho de rogar para darme permiso de cortejarla.

Años después, después una calurosa tarde me encontraba fuera de mi casa, leyendo el periódico, cuando una violenta ráfaga de viento botó mis anteojos.

Molesto, me agaché y en el preciso momento en que toqué los cristales, vi la imagen de un hombre vestido de traje. Al instante comencé a temblar y un escalofrío recorrió mi espalda. Esa tarde supe que Art había muerto, producto de un accidente en unas montañas. Un borde filoso de la roca cortó la cuerda que sujetaba a Art, que cayó a un precipicio de cientos de metros.

El mensajero me traía la noticia desde muy lejos, junto con un libro que le pertenecía a mi amigo. Art había dejado parte de su equipo en la posada de un pueblucho cercano a las montañas que le costaron la vida. Al enterarse de la muerte de su huésped, el dueño de la posada había revisado las pertenencias de mi amigo, robando sin duda cualquier cosa de valor que pudiese encontrar, pero descubrió una carta metida en un sobre abierto, donde pedía que en caso de sufrir un percance, me hicieran llegar el libro. Di una buena propina al mensajero, que se marchó en su vieja bicicleta. Me quedé sentado, atontado por la noticia, durante un buen rato.

Solo después de unas horas tuve el valor de abrir el volumen. Estaba amarillento, lleno de notas viejísimas que detallaban nuestras aventuras, de las que yo ya había olvidado muchas. La emoción nubló mi vista; era algo tremendo, como volver a mi juventud y a las mil penas y alegrías que pasamos juntos. Al tratar de dar vuelta una página sentí una extraña suavidad en mis dedos, que contrastaba con las ásperas hojas. Sentí un roce en mi mano y un ruido en el suelo. Quedé helado. ¿Sería posible ese milagro, ese regalo que Art me enviaba en forma póstuma? Me agaché con la cara pegada al piso, tratando de no moverme en lo más mínimo, mientras mis dedos recorrían con desesperación las tablas del suelo. Cuando volví a sentir esa extraña textura, sentí vértigo y deseos de salir corriendo. Conseguí tomarlo y lo puse de nuevo entre las hojas del libro, donde me pareció que la página estaría más segura.

Quizá es posible que una persona pueda palpar lo invisible, pero creo que será más fácil falsificarlo y hacer como que uno se sorprende. ¿Tendrá el mismo valor un tesoro apócrifo si nadie ha visto el verdadero? Pronto podré preguntárselo a mi amigo en persona.

Escrito por Boolture

Un Comentario en “La hoja

  1. Leprosy Responder

    Enero 23, 2012 at 9:58

    Wn… muy buen cover ;)

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