La paradoja de NO

Tobías quiere hacer películas algún día, pero por mientras se dedica a verlas, diseccionarlas y desentrañarlas. Está convencido de que las historias son lo más importante del mundo. ¡Síguelo en Twitter!

Hablemos de cine. No de política ni de cotilleos familiares ni partidismos ni de justicia social. Porque NO ha dado para mucha discusión que realmente es derivado de los temas que toca, pero que no hablan de la película en sí. Es cierto que muchas veces hablar de cine implica hablar de otros temas y está bien – para eso es el cine – pero en Chile ha sido más la gente preocupada de hablar de la película que de verla – como don Iván Moreira, que hizo un juicio de valor sobre ella para luego decir que no solo no la había visto, sino que no pensaba ir a verla – por lo tanto, la discusión ha sido más bien pobre. Pero hay una razón para ello, y es lógico: todavía estamos sensibles a los temas de la dictadura. Y lo interesante de NO es que propone una nueva visión al respecto; una que puede generar muchas ronchas.

NO, esta película que gira en torno a la creación de la famosa campaña publicitaria que sacó a Pinochet de la presidencia, propone la siguiente idea: La alegría aún no llega, porque Chile en verdad no cambió. De ahí nace la bullada acusación de los sectores más izquierdistas de que la película le reste el valor épico que realmente tuvo como hecho histórico. Pero esta es una ficción, no un documental. Y aunque lo fuera, el cine no se hace para ser históricamente correcto. Y el que así lo cree, está cometiendo un craso error.

Pero el valor de NO consiste precisamente en plantear esa paradoja: el momento fue épico, sí lo fue. La campaña es increíble, claro que lo es. Si no la ha visto, hágalo, y es probable que llore como todos lo hacemos aún, porque está construida sobre una serie de preceptos que son universales, comunicacionales y pulsionales, y no políticos o ideológicos. La película muestra todo eso y es capaz de revivir de forma bastante verídica un momento específico de la historia de Chile pero que puede ser fácilmente acomodado a cualquier país que haya pasado por alguna tiranía (¿habrá alguno que no?).

NO la pelicula

Es una película hecha en frío sobre un tema que aún está caliente. Si lo tomamos así, NO es una película que habla más del Chile actual que de aquel de 1988. Su reflexión es sobre cómo estamos nosotros ahora respecto de aquello que genuinamente deseamos hace ya 25 años, que era que la alegría llegase. ¿Llegó? ¿Han sido los gobiernos posteriores a Pinochet responsables de más alegría? ¿Y nosotros mismos como chilenos? Son preguntas que genuinamente nos tenemos que hacer y que sería bastante más sano que venerar impunemente el triunfo del No como si hubiese sido la solución a todos nuestros problemas. Lo interesante de todo esta polémica con la película es que genera esas reacciones iconófagas de un lado u otro de la trinchera: la izquierda acusa una película poco leal a la realidad y a la causa y la derecha una obra que innecesariamente vuelve a los temas del pasado. Ambas señales que le dan razón a la película: efectivamente, las cosas no han cambiado mucho.

NO no tiene por qué hacerse cargo de una causa ni de otra, ni de los simbolismos épicos de la hazaña de nadie. Por el contrario, quizás sea casualidad, pero los hermanos Larraín (hijos del despreciable Hernán Larraín) aprovechan conscientemente o no su posición ante la sociedad para provocar, intencionalmente o no, lo que provoca la película. Y está muy bien.

Ahora, hablando estrictamente de cine, y respondiendo algunas preguntas clave: ¿Es NO una buena película? Sí, y mucho. ¿Ganará el Oscar? Probablemente no. No es tan buena. Y, sin haber visto Amour, Michael Haneke debe ser uno de los cinco mejores directores vivos. En cualquier caso, no ganar el Oscar no debe ser considerado una derrota. Al contrario; llegar a esa instancia es un gran logro para la industria del cine chileno, porque, reconozcámoslo, los Oscar siempre han sido un premio a la industria, a la producción, a la capacidad de gestión, al lobby, y no necesariamente a la calidad. Esto no le resta ningún mérito ni a la calidad de NO ni a la tremenda labor de producción que Pablo y Juan de Dios Larraín han hecho a la cabeza de Fábula. Básicamente, son una productora que hace bien las cosas, y quizás por lo mismos, se han ganado la admiración, la envidia y el odio de otros miembros del gremio. Pero bueno, estamos en Chile. Cuando se anunció entre las cinco finalistas, a todo el mundo mágicamente empezó a gustarle. Mi miedo es que, al no ganar – lo que es muy probable, porque es como querer ganarle a Brasil en el fútbol; siempre existe una posibilidad entre varios miles – los chaqueteros de siempre la vuelvan a vapulear y a atribuirle cargas y responsabilidades políticas que no tiene, sumadas a posibles inmerecidos juicios artísticos y estéticos, probablemente sacados de la nada.

En cualquier caso, si eso ocurre, el argumento de NO se habrá anotado otro punto a favor.

Escrito por Columnista Invitado

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