Malditas Polillas

Por lo general las polillas me dan lo mismo. Son insectos bastante inofensivos y hasta simpáticos que no le hacen demasiado mal al mundo. Por lo general. Alguien me comentó que el clima especialmente caluroso de estos días, sumado a una producción mucho mayor de polen ha conseguido una proliferación brutal de polillas. Millones de ellas.

Hace algún tiempo, en mi pieza había una lámpara incandescente. Todos los insectos, polillas entre ellos, se ponían a dar vueltas alrededor hasta que tocaban la ampolleta y morían quemados como judíos en un campo de concentración. Debo reconocer que el olor de los bichos quemados es desagradable, pero soportable. Ahora, por esas cosas del ahorro de energía y el calentamiento global, la mayoría de las luces que hay en mi casa son de aquellas que casi no se calientan aunque pasen encendidas durante horas. Me quedé sin protección frente al ataque de las alimañas voladoras.

Ahora, que son una plaga, atacan con toda su artillería, que se reduce a zumbar, volar en círculos y chocar estúpidamente con todo. El insecticida, los golpes con revistas y los pisotones (cuando están en el piso), las matan, pero siguen llegando, una y otra y otra vez. Son una versión moderna de la plaga de langostas.

¿Ventanas cerradas? Llegan igual. Se cuelan por quien sabe qué pequeños espacios y se ponen a joder toda la noche. Si supiese que su sistema nervioso les permite sentir dolor, las torturaría y expondría sus cadáveres para que otras polillas los vean y sientan miedo de entrar a mi casa.