Sentimiento de Culpa

-¿Cómo te llamas?
Esa es una buena pregunta– respondí.

45 minutos antes

Moncho me llamó para que nos juntáramos en Escuela Militar. Asuntos de trabajo, presupuestos y cosas así. Llegué un poco antes de la hora y decidí pasar al Dunkin Donuts a tomar café. Bajé por la escalera del SubCentro. Sentada en la mitad, vi una chica llorando. Seguí bajando un par de peldaños más, pero el sentimiento de culpa me detuvo. No soy alguien que experimente algún sentimiento de culpa muy a menudo.

SubCentro Escuela Militar

Sentimiento de Culpa: Dícese de la vergüenza interior y auto-desprecio que se siente cuando uno hace -o no- algo que su ética personal le prohíbe -o le ordena.

-Sorry… ¿te pasó algo? (pregunta estúpida por lo obvia, pero no supe qué más preguntar) – Me acerqué un poco.

Me miró y dijo algo que no entendí.

-¿Cómo?
-Me patearon.
-¿Ahora?

Asiente. Miro la hora. Todavía tengo algunos minutos de margen. Saco un pañuelo desechable y se lo entrego. Me da las gracias. Se suena. Por un momento parece calmarse un poco. Un segundo después vuelve a llorar desconsolada. Me siento dos peldaños más abajo. Algunas personas pasan y nos miran.

-¿Cuanto llevaban?
-Casi un año- responde.
-¿Y de quien fue la culpa?
-De nadie.
-¿Por qué terminaron entonces?

Me dijo que el ahora-ex está terminando la carrera y que no tiene tiempo para nada. Ni para verla, llamarla por teléfono, mandarle un correo o un mensaje de texto. Como el panorama no era muy alentador de aquí hasta al menos final de año, el tipo prefirió cortar el asunto. Me suena a historia conocida. No tener tiempo para ver a quien quieres apesta. Mucho peor es que que te pateen.

¿Qué podía hacer? Irme así como así sería un acto despreciable. ¿Para qué me acerqué si no era para ayudar? Todavía tenía algo de tiempo, y la chica estaba ahí, entre hipos y sollozos.

-Te invito un café.

Me miró con sus ojos rojos e hinchados. No entendió muy bien lo que le estaba diciendo. Todavía le corrían lágrimas por las mejillas.

-Mira, iba a hacer hora un rato y tomarme un café. Y a comerme una dona. Y ya que estás aquí, te invito a tomar uno. O una coca cola. Y a comerte una dona ¿Tienes algo que hacer ahora? ¿No? ¿Qué ibas a hacer, irte a tu casa? Entonces vamos. ¿Qué puedes perder?

Bajamos. Entramos. La miro de reojo. Al menos ya no está llorando. Ella me mira, confundida. No sabe qué elegir, porque mal que mal, soy un perfecto desconocido. Así que elijo por ambos y pago. Llevo los dos smoothies y cuatro donas a una mesa. Le cuento un poco de porqué estaba pasando por ahí justo en ese momento. Nos sentamos. Y hablamos.

Hablamos como hablan dos amigos que no se han visto en mucho tiempo. De música, de la tele, del ex, de ella. Es una chica común y corriente, que estudia una carrera cualquiera en una universidad cualquiera. Hablamos de la familia, del trabajo, de los paros universitarios. Hablamos mientras me fijo que de vez en cuando se le asoma una lágrima, pero se contiene. El hecho de que media hora antes no nos hubiésemos visto jamás no es más que un detalle sin importancia.

Por enésima vez miro mi reloj. Hace un rato que Moncho debía haber llamado. Seguimos conversando aunque ya no nos queda nada de lo que pedimos. Con un poco de vergüenza me pregunta el nombre.

-Esa es una buena pregunta-respondo.

Ella adivina mi edad y que escucho metal. Por la barba (sic) y el pelo. Por algún motivo se admira de que esté en la U. de Chile. Me hace algunas preguntas, y las respondo con amables evasivas o con pequeñas mentiras.

Suena mi teléfono. Moncho, para variar, está entre perdido y desubicado. Me dice que baje seis cuadras, tome una micro, llegue hasta la rotonda, me baje un poco antes del semáforo frente a la casa amarilla de reja verde y que nos encontremos ahí.

-¿Tomas el metro?
-No, me voy en micro -me responde.

Caminamos hasta el paradero. Se da vuelta y me abraza.

Gracias. Gracias por las donas, por preguntar qué me pasaba, por todo…-Me abraza con más fuerza. Sabe que no tiene idea de quien soy, y de que no nos volveremos a ver. 

-No hay de qué. Sobrevivirás -respondo. “Te lo digo yo, que lo sé”, pienso.

Me doy la vuelta y camino. Tengo que bajar 6 cuadras, tomar una micro, llegar hasta la rotonda…

Escrito por Boolture

2 Comentarios en “Sentimiento de Culpa

  1. Melissa Responder

    Octubre 11, 2008 at 4:28

    Wow. Hay que tener agallas para hacer eso. O mucha autoconfianza. O qué se yo. Pero hay que tener algo que no todos tienen.

    Y te acepto la chela, gaia xD

    Salú.

  2. Melissa Responder

    Noviembre 18, 2012 at 12:20

    Lo releo después de varios años y sigo pensando que hay que tener agallas, tanto para acercarse como para dejar que se acerquen. Creo que llorar en la calle es muy similar a un desnudo brutal e imperfecto, carente de sensualidad y glamour, pero igual bello.

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