Necesito matar un perro

Hace unos días escribí este tweet:

Durante las siguientes horas recibí cientos de insultos y amenazas. Estos son algunos pantallazos. Una pequeña muestra, nada más.

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¿De donde salió el famoso perro?

El perro en cuestión no me pertenece. Esta es la historia. Quizás, como eres un amante de los animales, te interese leerla.

Una mujer, que llamaremos Ana, tiene 78 años y vive sola en Maipú. Es viuda, y tuvo cuatro hijos. Ana tiene un perro, Barón, que recogió de la calle hace años, cuando era un cachorro, y que ha estado con ella hasta ahora. Bueno, hasta hace poco, porque Ana, aunque tenía una relativa buena salud considerando su edad, falleció de un infarto cerebral. Sus hijos se enteraron al día siguiente, cuando uno de ellos fue a verla a su casa al notar que no contestaba el teléfono. Los hijos lloraron a su madre, con pena pero sabiendo que en realidad ya estaba en una edad donde tales cosas son esperables.

Excepto por Barón. Porque Barón, en realidad, no tuvo mucho contacto con personas en toda su vida. Aunque no es demasiado grande, la mujer no lo sacaba a pasear mucho, porque tiraba con fuerza la correa y podría haberla botado (y quebrado una muñeca o cadera). La mujer lo mantenía en el espacio comprendido entre el pequeño patio, el pequeño jardín y la casa. Siempre lo trató con mucho amor y se preocupaba de darle lo que consideraba necesario para que estuviese sano y feliz.

Barón no era un perro amistoso con otras personas. Con su dueña sí, pero nadie más. Una vez se escapó y después de correr por toda la villa, arriba y abajo, descubrió algo que parecía haber olvidado: hay otros perros en el mundo. Terminó en una pelea con otro perro, más pequeño, que terminó bastante mal. Barón prácticamente le hizo pedazos una pata trasera. El otro perro se alejó cojeando y dando alaridos lastimeros. Como era un quiltro callejero, nadie se fijo demasiado en qué le ocurrió. Peleas de perros.

El problema, de verdad, empezó después de la muerte de Ana. Uno de los hijos, el único que vive en Santiago (digamos que su nombre es Juan), empezó a ir una o dos veces a la semana a darle agua a Barón, comida y limpiar las fecas. También estuvo limpiando la casa, ordenando cosas y preparando la futura venta de la vivienda. Empezó a guardar cosas en cajas, deshacerse de la basura. Botar la comida que se pudrió. Regar las plantas. Desmantelar poquito a poquito las cosas.

Una vez lo acompañó la única hija de Ana y los dos hermanos estuvieron mirando cajas con fotografías y recuerdos. Lloraron. Tomaron té Líder, que era el que Ana compraba, en unos tazones viejos y astillados. Ana podría haber comprado vajilla nueva, sus hijos siempre estaban disponibles para ayudarla con dinero, pero ella era de una época en la que las cosas se guardaban hasta que realmente ya no se podían seguir usando, hasta que se rompían del todo. Solo en ese momento, y no antes, se compraba otra cosa para reemplazar la primera.

Ese día, Barón mordió a Juan en la pierna, cuando estaba barriendo el patio, antes de irse. Fue una mordida leve, pero aún así atravesó el pantalón con los dientes y le rompió la piel. No fue tan doloroso. la sorpresa, en cambio, fue bastante. Juan fue a la clínica, donde le limpiaron la herida y le pusieron unas vacunas.

La siguiente vez, fue acompañado. Entró al patio con un bastón retráctil. Su mujer limpió la basura y le puso comida y agua mientras el hombre se mantenía entre ella y el perro, que los miraba fijo, gruñendo desde el fondo del patio. Esto se repitió un par de veces más, hasta que la mujer le dijo que tenían que hacer algo con el perro. Juan habló con sus hermanos. Barón no podía seguir indefinidamente ahí, más cuando en algún momento iban a poner la casa en venta. Nadie podría visitar la casa con un perro maniático, y menos habitarla. Conversaron un poco y todos se comprometieron a buscarle un hogar.

Barón mordió a una segunda persona poco después. Un estudiante de veterinaria fue a hacerle un control y ponerle las vacunas que hicieran falta. No podían llevarlo a una veterinaria porque no tenían como meterlo a un vehículo. Quizás en la maleta, pero ¿quien puede ser tan cruel como para meter un perro a un maletero y transportarlo de ese modo? El chico, confiado como todos los de su edad, se llevó un mordisco en los primeros segundos en que se acercó. Quizás había visto demasiados capítulos de El Encantador de Perros, y creyó que la fórmula era mostrarse seguro, como líder de la manada, pero tranquilo y amistoso. Tuvieron que llevarlo a él a Urgencias para que le limpiaran la mano, y le pusieran vacunas.

En ese momento, uno de los hermanos dijo lo que todos estaban pensando. Barón era un perro agresivo, viejo y bastante feo. ¿Quien querría adoptarlo? ¿Como podrían ellos tratar de buscarle una familia sabiendo que podría morder a una persona en cualquier momento? Las opciones no son muchas. Conseguirle un hogar, cosa imposible. Ponerlo a dormir -un eufemismo para matarlo- o mantenerlo por tiempo indefinido en el patio de la casa. Lo último fue lo que hicieron, y las cosas, por supuesto, no mejoraron.

Los vecinos comenzaron a quejarse. El perro aullaba con frecuencia en las noches. Ya sea porque extrañaba a su dueña, o porque estando solo de forma casi permanente se estaba volviendo loco. Más loco. La siguiente vez que Juan fue a darle comida, esta vez solo, porque su señora se negó en redondo después de enterarse lo que pasó con el estudiante de veterinaria. Así que Juan llenó el plástico con agua y le puso un montón de comida y se fue. No limpió los desechos porque eso hubiese significado tener que usar las dos manos para ello, y estar indefenso.

Pasaron varios días, y varias semanas. El olor del patio se hizo insoportable. Los vecinos empezaron a reclamar por el olor, además del ruido. Los hermanos pusieron la casa a la venta. Han pospuesto las visitas, ya imaginarán ustedes el motivo.

¿Que tengo que ver yo en esta historia?

Muy poco. Juan es amigo de una amiga mía. El domingo, día que Juan y yo coincidimos en cierto lugar, hice la pregunta en Twitter, y la única respuesta que recibí fue violencia. Violencia absurda, ciega, fanática. Esa violencia fácil de las personas que les encanta juzgar lo que pasa en el mundo desde la comodidad de sus celulares. Esa violencia fácil de compartir, fácil de retuitear. Porque, amigos míos, quejarse a través de Facebook o Twitter es la forma en la que nuestra generación expía sus culpas. Ya no necesitas ir a la iglesia, como antes, simplemente compartes la imagen de un perrito que busca casa y ya puedes sentir que hiciste algo bueno por el mundo. No necesitas ir a votar, basta con compartir fotos en contra de los políticos pidiendo que “dejen de robar”. Aprovecha de curar el cáncer y donar sangre, todo desde tu celular. ¿Crees que eso es un aporte? ¿Crees que le sirve a alguien? ¿El mundo es un lugar mejor gracias a ti?

SIGAN SOÑANDO, PAYASOS.

Es curioso que el “aporte” de los animalistas se limita, la mayoría de los casos, a “difundir”, es decir “compartir en Facebook”, o a hacer declaraciones del tipo “el perro es agresivo porque está encerrado/apenado/aburrido”, como si tal frase fuera resultado de un análisis intelectualmente desafiante y complejo.

En general no apruebo la violencia contra los animales. Sin embargo, tampoco elevo a los perros, gatos o cualquier otro animal a la categoría de superiores a los seres humanos. Aquí es donde con seguridad van a decirme cosas como “un perro nunca te decepcionará, una persona sí“. Si creen eso, es porque viven en una realidad paralela y olvidaron tomarse su medicación.

¿Se acuerdan de Jack London y sus relatos sobre animales? ¿O los de Julio Verne? ¿Leyeron alguna vez “La Caperucita Roja”? En el pasado los animales eran la manifestación más agresiva y palpable de la naturaleza. El hombre peleaba contra los aniamles en una guerra sin cuartel. En esa época, matar animales era correcto, porque eran ellos o nosotros. Después, apareció Disney con Bambi y su madre muerta por culpa del cazador malvado. El hombre pasó a ser el enemigo, y los animales, los buenos. Ahora hay categorías morales en donde ciertos animales son dignos de nuestros afectos, pero otros, quizás menos representados en las películas infantiles, son despreciables (aunque no tengan gran diferencia con los primeros).

Animalistas:

PÚDRANSE EN SU MISERIA COMO LAS RATAS QUE SON

¿Ustedes podrían pasar meses arriesgándose a la mordida de un animal, sin poder vender una casa, solo porque les parece que matar un perro está mal? Nadie dijo que habia que matarlo a golpes o torturarlo, nadie quiere ser cruel con el animal. A nadie le gusta eso. Pero ustedes prefieren creer que sus insultos hacen una diferencia, que sus campañas de esterilizacion lo resuelven todo, que repetir cien mil veces “tenencia responsable” los pone en un pedestal desde donde pueden desear la muerte a otro porque tiene que hacer algo que quizás no le guste, pero que es absolutamente necesario.

¿Si el perro te hubiese mordido a ti, o a tu hijo, serías tan rápido en argumentar que la culpa es de quien crió mal al perro, pero que no es culpable? ¿Dudarían en matar al animal en ese caso? Por supuesto que no, pero su arrogancia les permite abrir la boca sin ningún problema, porque no son ustedes los que están en esa situación.

Animalistas, ustedes son iguales, sí, IGUALES a los conservadores de la UDI que se niegan a darle a la mujer su legitimo derecho a abortar, argumentando que:

¿No te gustó abrir las piernas, entonces estás obligada a parir y criar. Fin.

En este caso, si alguien tiene un perro, esta obligado de por vida a mantenerlo. FIN. ¿No te gustó tener un perrito? Asume entonces las consecuencias. ¿No te gustó tirar sin condón? Apechugue. ¿No le pareció entretenido tener una mascota? Siga con ella por los próximos diez años. Porque “derecho a la vida” y “tenencia responsable” son frases de la misma patética altura moral, y se pueden repetir cien millones de veces. Sin excepciones, sin matices, sin opciones. “Ten al perro hasta que se muera solo/el embarazo debe llegar a término” o eres un nazi-asesino-genocida-torturador-irresponsable de mierda.

Ustedes son los mismos pedazos de mierda parlantes que creen que si en Chile hubiese aborto, las mujeres abortarían por deporte. ¿Creen que uno quiere matar a un perro porque es divertido? ¿Porque no tiene nada mejor que hacer?

Espero que esta semana las personas metidas en este problema consigan un veterinario que haga lo que se debe hacer de la manera más indolora y rápida posible. De lo contrario, supongo que le darán carne con veneno, y lo dejarán sufrir por horas una horrible agonía. Con suerte alguien les prestará un revolver, para hacerlo más rápido. Ustedes pueden seguir sus vidas, creyéndose superiores a mí y al resto, agitando los brazos y gritando “herejía”, mirando el mundo desde la pantallita de su teléfono, donde todo se resuelve haciendo click en un corazoncito virtual.

¿Hubiese yo dejado pasar cuatro meses con este problema? No. ¿Habría yo perdido la oportunidad de vender la casa y cerrar mi duelo? No. ¿Los derechos de un perro valen más que los de una persona? No. ¿Creen que hubiese dejado vivir al perro después de morder a alguien? No.

Imagino que para ustedes toda la culpa es de Ana, porque no siguió el estricto “Manual de Instrucciones de Tenencia Responsable de Mascotas” que ustedes llevan en el bolsillo ¿Como se le pudo ocurrir morirse sin buscarle un nuevo hogar al perro? Para vuestro consuelo, los gusanos se están dando un festín con ella, a dos metros de profundidad, en su cómodo ataúd en el Parque del Sendero.

adiosin