Dos Horas

-¡Cállate! ¡Cállate o te mato! ¡Cierra el hocico! ¡Cierra el hocico! ¡¿Querís que te mate?! ¡¿Eso querís?!

Sintió el golpe de algo pesado y duro en la nuca, a través de la gruesa capucha de lana maloliente que le cubría la cabeza. Apenas podía respirar, porque estaba con el cuerpo doblado hacia delante, con las rodillas casi pegadas a la barbilla. Una mano enguantada y dura como tenaza, le apretaba el cuello y le mantenía la cabeza agachada. Sintió una punzada de dolor que le recorrió la pierna desde el muslo hasta detrás de la rodilla. Abrió la boca todo lo que pudo para tratar de aspirar un poco de aire en rápidas bocanadas. Estaba en el asiento trasero de una camioneta, entre dos hombres que no dejaban de gritar y de pegarle con los puños.

El conductor detuvo el vehículo. Escuchó voces de varias personas alrededor, pero no pudo identificar cuantas. Había al menos una mujer, a juzgar por el tono agudo. Parecían discutir. Le pasaron las manos por debajo de los brazos para que saliera. Tenía las piernas débiles y acalambradas, pero la molestia de la pierna desapareció casi por completo al estirarla. Se quedó de pie, esperando, mientras a su alrededor seguían hablando, con la cabeza aún cubierta.

Sintió una presión dura en medio de la espalda. ¿Una pistola, quizás? Empezó a caminar despacio. Sus zapatillas rechinaban en el suelo. Un empujón estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Escuchó el ruido de una puerta cerrarse y una especie de cerrojo. Se quedó de pie, con las manos extendidas hacia adelante, tanteando el aire que tenía delante, como suelen hacer los niños cuando juegan a la gallinita ciega.

Pasó un largo rato en silencio y de pie antes que se decidiera a quitarse la capucha. Lo hizo despacio, por si había alguien vigilando. Giró sobre sus talones. Estaba en una habitación sin ampolleta ni ventanas. Sus ojos se tardaron un poco a acostumbrarse a la oscuridad. Dejó caer la capucha. Se sentó en el suelo. Era de concreto.

La poca luz parecía filtrarse por debajo de la puerta. Se agachó y trató de mirar por la rendija, pegando la mejilla al piso. Vio algunas sombras. Pronto se cansó de estar en esa posición y se sentó en una colchoneta delgada que había en un rincón. Encima había una frazada. Se tapó, apoyando la espalda en la pared.

Trató de hacer memoria de la última hora. Recordó que estaba caminando de vuelta hacia la casa. Estaba a menos de dos cuadras, justo después de comprar cigarrillos en el minimarket de Don Lucho. Escuchó el chirrido de unos neumáticos al frenar. Apenas se dio la vuelta a mirar, creyendo que iba a ver un choque o a dos conductores insultándose, un hombre le saltó encima. Se agachó para tratar de defenderse, pero un golpe en la boca del estómago le sacó el aire. Movió las manos y pies con fuerza tratando de golpear a alguien, y le pareció que en parte lo conseguía, pero sin mucho éxito. Le pusieron algo en la cabeza que le hacía difícil respirar e imposible ver. Un par de golpes en la cara le quitaron toda voluntad de pelear. A la fuerza entró a un vehículo, una camioneta blanca.

El viaje fue largo. Muchas vueltas, seguramente para impedirle recordar qué tan lejos habían viajado. La última parte había sido sobre terreno irregular, con piedras que golpeaban el piso del vehículo de tanto en tanto. Quizás estaban en las afueras de la ciudad, aunque con lo maltrechas que están las grandes avenidas no es posible asegurar nada.

Después de la energía liberada por la adrenalina, sentía el cuerpo de plomo, con las articulaciones quejumbrosas y las piernas le tiritaban un poco. Le dolía la cabeza, justo detrás de los ojos.

Se palpó con los dedos y descubrió dos chichones cerca de la nuca. Poco a poco sus ojos fueron cerrándose, aunque estuvo largo rato luchando para mantenerse alerta. Se acomodó en la colchoneta casi sin darse cuenta y se durmió.

Despertó con el ruido de la puerta metálica al abrirse. Estaba mucho más oscuro que antes. Con toda seguridad, ya era de noche. Escuchó una voz potente que le pedía girarse hacia la pared. Se levantó y se quedó de pie con la cara vuelta hacia la pared y los ojos cerrados con fuerza. Un ruido metálico le indicó que habían cerrado la puerta.

-Ya se puede dar vuelta.

Vio a un hombre vestido con un overol azul oscuro. Llevaba un pasamontañas en la cabeza y unos lentes de sol que impedían que le viera los ojos. Se preguntó cómo podía ver algo con tan poca luz en el ambiente. El hombre tenía las manos envueltas en guantes de látex blanco, como los de los doctores, y sostenía una bolsa de plástico con el logo de un supermercado. Estiró el brazo, entregándosela.

-Tome. Mire pal’ otro lado hasta que salga.

Obedeció. Por un momento pensó en lo que ocurriría si miraba. Prefirió no arriesgarse. Mantuvo la mirada fija en un punto de la pared y no dejó de hacerlo hasta varios segundos después de escuchar el cerrojo.

El nudo de la bolsa estaba tan apretado que tuvo que romperla para sacar lo que había adentro. Un jugo y un paquete de galletas con chips de chocolate en tamaño individual. Se dio cuenta que tenía muchísima sed. Metió la bombilla en el pequeño orificio y sorbió. Hubiese preferido de naranja, pero el durazno no estaba mal. Comió las galletas. También había paquete pequeño de cigarrillos y una cajita de fósforos. Sonrió y, dadas las circunstancias, casi tuvo un sentimiento de gratitud. Encendió uno y se quedó escuchando el sonido que hacía el papel al quemarse. Se tumbó sobre la colchoneta y se tapó con la frazada. No hacía frío, pero el aire estaba más bien fresco. De pronto se dio cuenta que ninguna luz se filtraba por debajo de la puerta, y que el silencio era casi absoluto. Estaba completamente a oscuras. El humo del cigarrillo no tenía por donde escapar y el aire de la habitación se hizo difícil de respirar, pero no le importó.
Intentó aguzar el oído. Le pareció escuchar el sonido de agua corriendo. Un río, o un alcantarillado. Pensó en que no podría dormir, pero sin darse cuenta, sus ojos se cerraron de nuevo.
Despertó minutos más tarde con una sensación extraña. Miró para todos lados. Seguía oscuro. Por instinto se miró la muñeca, pero recordó que en el viaje le habían quitado el reloj, los documentos y el poco dinero que traía encima. Se dio cuenta que un par de ojos se asomaban a la mirilla de la puerta. Se dio la vuelta. Cuando oyó que cerraban la mirilla, experimentó un gran alivio.

Trató de dormirse de nuevo, pero no pudo. Un par de horas después encendió el quinto cigarrillo. Pasó un buen rato antes que entrara un poco de luz por debajo de la puerta. Escuchó pasos. Antes que la voz se lo ordenara, se puso la capucha y se volteó hacia la pared. El hombre abrió la puerta.

-Hace cinco minutos que avisamos a su familia lo que tienen que pagar de rescate. Tienen dos horas para pagar o usted morirá. Acá está su desayuno.- Salió de inmediato.

¿Morir? Ni siquiera se dio cuenta que el tipo había dejado una segunda bolsa y se había retirado. ¿Morir? ¿Por qué a mí? Su cuerpo empezó a temblar, mientras su mente seguía pensando en lo mismo. No tengo dinero, no más que cualquiera. ¿Rescate? ¿Quién pagaría mi rescate? ¿Por qué a mí? ¿De verdad quieren matarme? ¿Matarme?

No. No lo permitiría. No moriría sin pelear. Se levantó de un salto. Le dio una patada a la bolsita que él hombre dejó y golpeó la puerta con los puños cerrados.

-¡No es justo! ¡No es justo, hijos de…! –le dio varias patadas a la puerta. Al escuchar el cerrojo, retrocedió unos pasos, se cayó y sintió que toda su ira e indignación cedían paso al miedo. Al terrormás absoluto que hubiese sentido jamás. El miedo de sentir la muerte a menos de un metro. Una muerte que habla y camina, que come y respira y que te mira a los directo a los ojos. No una calavera con guadaña y túnica, sino la muerte, la verdadera muerte. Pensó en que si suplicaba piedad podría vivir un poco más, pero tenía la garganta apretada y la boca seca, aunque lo intentó no podía hablar.

El hombre alto entró. Aunque tenía puesta la capucha, había olvidado las gafas de sol. Pudo verle los ojos cafés clavados en los suyos. Tampoco tenía puestos los guantes, pero llevaba una pistola, con el dedo índice acariciando el gatillo. Aunque no sabía mucho armas, cualquiera que viese una pistola como esa se daría cuenta que era de las que hacen agujeros muy grandes. El pavor se multiplicó por mil. Por un millón.

-Por si no se ha dado cuenta, aunque con esa cara no me extraña, sabemos muy bien cuanto puede pagar su familia. No estamos pidiendo un millón de dólares, así que callaito el loro. Si vuelve a gritar o darnos algún problema, va a volver a casa en pedacitos ¿estamos?

El hombre salió, sin pedirle que se diera vuelta. Alcanzó a ver un pasillo largo y una ventana. Sintió que se le revolvía el estómago y que la garganta le ardía por la bilis que le subía por el esófago. Se dejó caer encima de la colchoneta y se quedó largos minutos ahí, con el cuerpo insensible. Luego se arrastró a un rincón y vomitó. Lo hizo en silencio, con el corazón todavía latiendo con fuerza.

Le quedaban aún tres cigarrillos. Arrojó la cajetilla a la pared. Luego la recogió y buscó la cajita de fósforos. Las manos le temblaban todavía cuando encendió el primero. Fumó despacio, uno tras otro. Pensó en que era una suerte que no tuviese ganas de ir al baño, porque en la celda no había ni siquiera un miserable agujero donde orinar.

¿Qué importa si pagan o no? Pueden darme un tiro en la cabeza y enterrarme en cualquier parte.

Le pareció que el tiempo adoptaba la extraña propiedad de ir más despacio y más rápido al mismo tiempo. El aire dentro de la celda era frío, pero no experimentó ninguna molestia. Su mente estaba en otro lado, distante, totalmente separada de su cuerpo. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el ruido, ya conocido, del cerrojo. Era el hombre alto, con la pistola en la mano. Detrás había alguien más, aunque la poca luz (¿Cuantas horas han pasado ya?, pensó) le impedía ver. El hombre tomó la capucha del suelo y le hizo un gesto para que se levantara. Obedeció. Una mujer se puso detrás y le esposó las muñecas.

-Camina.

Dio un paso hacia adelante y se detuvo. Sintió la presión de un cañón entre los omóplatos. Avanzó algunos metros hasta que le indicaron que doblara. Escuchó el ruido de una puerta al cerrarse (de madera, no de metal… quizás tenga una oportunidad). Le quitaron las esposas y sintió con alivio cómo la sangre volvía a circular. Una mano de hierro le aprisionó el hombro y tiró hacia abajo. Había una silla.

Sintió unas correas apretarle las muñecas y los tobillos. Estaba con la espalda pegada al respaldo. Se agitó, tratando de liberarse. Se dio cuenta que era imposible. En ese momento alguien le sacó la capucha. Vio oscuras manchas de sangre seca que adornaban las paredes. Un foco le iluminaba la cara. Tuvo que cerrar sus ojos hasta que se acostumbró a la luz. Una sombra se acercó y le acercó un teléfono móvil al oído.

-Hable. Es su mamá. Quiere saber si está bien.

Al escuchar la voz de su madre, le salió un torrente de palabras no del todo coherentes. Escuchaba con mucha interferencia. El hombre retiró el teléfono casi de inmediato. Fue como si le hubiesen arrancado las entrañas. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

-Señora, ya escuchó. Ahora pague. Le quedan dos horas.

La voz del hombre alto sonaba distante, irreal. ¿Iba a morir? ¿Ahí? ¿No iba a ser el cáncer, ni un borracho conduciendo, ni los años…? ¿Realmente iba a morir de un balazo? ¿No iba a formar una familia, a casarse en una iglesia?

Una gota de sudor le cayó desde la frente por el costado de la cara, haciéndole cosquillas. Le pareció que el tiempo se detenía. ¿Dos horas? “Me quedan dos horas para pensar en algo. Pero ¿qué? ¿Qué puedo hacer? No quiero morir aquí. No quiero morir aquí. No quiero morir aquí”. Empezó a contar los segundos siguiendo los latidos de su corazón. Uno…

Dos…

Tres…

Cuatro…

Nota

Cuando escribí este relato (hace tiempo ya), no lo hice para contar una historia (bastante sosa por lo demás), sino como un juego. ¿El protagonista es hombre o mujer? Cualquiera sea tu respuesta, vuelve a leer. No hay ninguna indicación o referencia sobre el sexo de la persona. Mi apuesta fue crear un relato donde fuese el lector quien imaginara ese “pequeño detalle”, aprovechando las características de la gramática castellana. Creo que traducir este relato a otros idiomas (inglés, por ejemplo) sería complicado y requeriría que el traductor tomara una decisión desde el punto de vista narrativo que arruinaría la narración.

PS: Solo por gusto puse esas erres ahí, para que sonara como un riff de guitarra: “…narrativo que arruinaría la narración“.

Este relato está licenciado con Creative Commons. Usted está autorizado para compartir este contenido con quien desee siempre que se mantenga tal cual está publicado citando la fuente (yo), sin cambios de ningún tipo. No está autorizado a realizar modificaciones, ni a darle un uso comercial. Aunque me gustaría, no voy a perseguirlo con un lanzallamas por no cumplir con los términos de esta licencia, solo le pido que la respete.

Escrito por Boolture

Un Comentario en “Dos Horas

  1. ZicoIsBloggin Responder

    Febrero 8, 2013 at 1:32

    Hombre, de unos veinticinco años. Juré que era un hombre todo el rato, hasta la nota.

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